Hace unos años me invitaron a escribir un libro para jóvenes lectores y, ya no tan joven pero todavía lector, decidí empezar con un cuento. La historia se narra en Las mil y una noches, aunque aparece también en ciertas fuentes talmúdicas y, con algunas variantes, en los cuentos jasídicos de Martin Buber. No sorprende entonces encontrarla otra vez en Historia universal de la infamia, donde Borges transcribe, con la minuciosidad de un Pierre Menard, una versión casi idéntica de Gustav Weil.

El historiador arábigo El Ixaquí refiere este suceso:

«Cuentan hombres dignos de fe (pero solo Alá es omnisciente y todopoderoso y misericordioso y no duerme), que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan.

Trabajó tanto que el sueño lo rindió una noche debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño un hombre empapado que se sacó de la boca una moneda de oro y le dijo: ‘Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla’. A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros del desierto, de las naves, de los piratas, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por decreto de Alá Todopoderoso, una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron con el estruendo de los ladrones y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea.

El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo y le menudearon tales azotes con varas de bambú que estuvo cerca de la muerte. A los dos días recobró el sentido en la cárcel. El capitán lo mandó buscar y le dijo: “¿Quién eres y cuál es tu patria?” El otro declaró: “Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí”. El Capitán le preguntó: “¿Qué te trajo a Persia?” El otro optó por la verdad y le dijo: “Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que esa fortuna que prometió deben ser los azotes que tan generosamente me diste”.

Ante semejantes palabras, el capitán se rio hasta descubrir las muelas del juicio y acabó por decirle: “Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego de la higuera una fuente, y bajo la fuente un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, engendro de mula con un demonio, has ido errando de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Isfaján. Toma estas monedas y vete.”

El hombre las tomó y regresó a su patria. Debajo de la fuente de su jardín (que era la del sueño del capitán) desenterró el tesoro. Así Alá le dio bendición y lo recompensó».

El cuento tiene múltiples interpretaciones. El matemático Ivar Ekeland lo relaciona con la teoría de juegos para mostrar que, en ocasiones, todos los jugadores creen haber elegido la mejor entre todas las alternativas disponibles. Cada uno de los personajes entiende los hechos a su manera y se vanagloria de la decisión que ha tomado: el cairota, pues su búsqueda lo llevó, en definitiva, a encontrar el tesoro. Y el capitán, porque a su modo de ver solo un tonto (desatinado y crédulo) es capaz de malgastar tiempo y dinero por creer en un sueño. Su postura es atendible, tiene un buen trabajo en Isfaján y goza seguramente de una buena posición económica; ¿qué necesidad tiene de poner todo en riesgo y emprender una loca aventura en procura de un supuesto tesoro? Al fin y al cabo, más vale pájaro en mano que cien volando.

Pero el lector sabe que el tonto es el capitán y no el que recorrió medio continente en busca de un tesoro, para hallarlo por fin en su propia casa. Los sabios nos explican que a veces hace falta alejarse un poco para poder ver lo que uno tiene a pocos pasos, detrás de la higuera. O quizás el verdadero tesoro sea el viaje: a su regreso, el hombre comprueba lo mucho que ha aprendido. Su viaje le permitió crecer espiritualmente y comprender que cien pájaros volando valen mucho más que uno en mano, pues la mayor belleza de los pájaros se encuentra en su vuelo. También lo entendió así Clarice Lispector, aquella adorable escritora brasileña nacida en Ucrania: Tomar un pajarito en el cuenco medio cerrado de la mano es terrible. Despavorido agita desordenada y velozmente las alas […] A los pájaros los quiero en los árboles o volando pero lejos de mis manos.

Ilustración: Juan Pita

Mi “libro juvenil” salió publicado poco tiempo después y se llamó Mucho, poquito, nada. Unos meses más tarde, un amigo me advirtió con ligera preocupación que la historia de los dos que soñaron -como la llama Borges- aparece en otros textos, de calidad literaria más bien disímil. Tal vez sea esa la auténtica infamia: imitaciones, a menudo defectuosas, que se hacen infinitamente más conocidas que la original. No es la primera vez que me ocurre, emplear una historia o frase cuyas resonancias omiten la fuente. Por ejemplo, más de una vez hice referencia en mis charlas a la respuesta apócrifa de Diógenes el Cínico a un discípulo de Zenon de Elea (“El movimiento se demuestra andando”) sin saber, o quizás sin recordar, que casi veinticinco siglos más tarde se hizo célebre en boca de un conocido animador infantil de estas tierras. Más allá de que la escena de un matemático citando a Carlitos Balá puede haber dejado en mi audiencia una impresión tierna, el hecho me sirvió para comprobar que la televisión tiene más llegada a las grandes masas que las crónicas de Diógenes Laercio, donde se cuentan esta y muchas otras anécdotas de sofistas y filósofos.

Pero volviendo al asunto, en el libro presento lo que, a mi modo de ver, establece una conexión con la matemática todavía más profunda, más definitiva que la señalada por Ekeland. La cuestión apunta al propio corazón de esa disciplina que se supone una ciencia, aunque en muchos aspectos se parece al arte. Cabe entonces preguntar: ¿qué es la matemática? La historia del cairota nos permite ensayar una nueva definición o, más bien, una forma de vivirla. En cierto aspecto podemos decir que la matemática no es otra cosa que el resultado de dejarse llevar por un sueño. Cuando llegamos a un resultado y a continuación nos preguntamos qué pasa si cambiamos tal o cual hipótesis, estamos partiendo en busca de un tesoro que no sabemos siquiera si existe. Eso a veces significa soportar penurias y atravesar desiertos, aunque los que nos dedicamos a esto sabemos que, como en el cuento, la aventura merece el esfuerzo.

A mí me llevó un buen tiempo comprender que la matemática está llena de pájaros volando. Aprenderla en la escuela no suele ser, en ese aspecto, una experiencia demasiado alentadora y muchos llegan al final del secundario aliviados por no tener que vérselas más con ecuaciones abominables y horrendos teoremas. Esto tiene que ver, seguramente, con la forma en que la aprendemos; creo que podemos (debemos) hacer mucho por cambiarlo.

Por eso, prefiero comenzar con una historia que habla en verdad de mi propio sueño, según el cual la matemática sirve para mirar las cosas de otra manera. Al igual que Clarice, quiero a los pájaros lejos de mis manos.

Matemático, profesor de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA e Investigador de CONICET. Autor de diversos libros de divulgación.

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