Una conocida frase (google me aclara que es de Italo Calvino) dice que no se escribe desde la herida sino desde la cicatriz. Tal es mi caso, aunque a la hora de elegir un título para este artículo no pude evitar la referencia a Rimbaud. Para dejarlo claro: no escribo desde el grupo I (infectados) sino ya felizmente instalado en el R (recuperados). Y también hay que decir que, a diferencia de Rimbaud, mi breve estancia en I no tuvo mucho de infernal, más allá de la inquietud de sentirme por unos días con la inscripción de “peligro: virus trabajando” en medio de un estado general aceptablemente bueno. Tras dos días de fiebre, me levanté mejor y sin otros síntomas. Pero al cabo de unas horas la situación ya no olía bien: mejor dicho, ni bien ni mal, ni de ninguna forma, ya que mi sentido del olfato se anuló por completo. Mi primera percepción (si vale el contrasentido) la tuve al cambiarle las piedritas al gato, aunque pronto la reforcé con improvisados tests: moler café a diestra y siniestra, llenar cuencos de vinagre blanco (un aliado también durante la fase inicial de la cuarentena, aunque la pandemia piojosa no es tema de esta crónica). Ante mi consulta al call-center médico, me dijeron que la anosmia puede obedecer a otras causas, por ejemplo un golpe en la cabeza; sin embargo, la perspectiva de que varios miembros de la familia se hubieran dado un golpe en la cabeza de manera simultánea me pareció, cuando menos, poco probable. Finalmente encaramos el correspondiente hisopado, en la modalidad pool testing, de acuerdo con el lema popularizado por Dumas: todos para uno y uno para todos. Desde el punto de vista técnico, puede objetarse que en realidad no se trató de un auténtico testeo en “pool”, pues nuestro método consistió en elegir (por medio de un azar un tanto trucado) un miembro de la familia, no para ofrecer su corazón sino sus narices. De todas formas, aunque las narices fueran de una sola persona, tengo la íntima convicción de que todos hemos contribuido en partes iguales a esa muestra.

El hisopado confirmó las sospechas: los golpes masivos en nuestras cabezas no ocurrieron. A partir de las primeras fiebres, nuestro aislamiento ya había pasado a ser total; en mi caso, eso significó reducir las salidas semanales de una a cero e internarme en el tenebroso mundo de las góndolas virtuales. Pasaron los días, sin nuevos síntomas; la epidemia no me impidió, por ejemplo, dar en el ínterin alguna que otra charla virtual sobre la matemática de las epidemias. Cabe destacar que, en mi hogar, la dinámica del modelo SIR se ha replicado con bastante eficacia y se obtuvo la tan mentada inmunidad del rebaño al alcanzarse el 100% de infectados.

Llegado este punto, no hace falta aclarar que todas estas presuntas referencias “científicas” no son más que una forma de mitigar el pequeño horror personal de haber pasado por esto y, a la vez, tomar plena conciencia de que me encuentro entre los afortunados. La pandemia, aunque algunos aún se empecinan en negarlo, azota de manera impensada; enferma, destruye y mata en todo el mundo, sin que haya, por ahora, indicios de que “lo peor ya pasó”.

El maestro Alcofribas Nasier (anagrama de François Rabelais) dice, previo al prólogo del magnífico libro de Gargantúa:

Amigos que al leerme comencéis,

no lo hagáis por mera afección,

ni al leer os escandalicéis;

el libro no contiene infección,

si bien tampoco una gran perfección,

sino aprender, os hará reír,

otro argumento no puedo elegir

ante ese vuestro dolor insano.

De risa y no de lágrimas quiero escribir,

ya que reír siempre es lo más humano.

Vivid alegres.

El texto, claro, está dedicado a los ilustrísimos bebedores, pero seguramente en esta época el gran Rabelais (que además era médico) habría sumado su voz para decir: vivid sin covid. Los que reclaman el derecho a hacer lo que quieran con su salud, amparados en las libertades individuales, omiten en su sofisma una premisa básica: cuidarnos es, además, cuidar a los demás. No se me ocurre mejor libertad que esa.

Matemático, profesor de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA e Investigador de CONICET. Autor de diversos libros de divulgación.